arte arte latino por MARCELO SOLERVICENS
Ir a la Portada Comentario del Domingo 17 de Diciembre del 2006



Marcelo Solervicens

1.- LAS CONSECUENCIAS DE LA MUERTE DE PINOCHET SOBRE EL PROCESO POLÍTICO CHILENO.


  
   1.- LAS CONSECUENCIAS DE LA MUERTE DE PINOCHET SOBRE EL PROCESO POLÍTICO CHILENO.

La noticia que acaparó la atención esta semana fue la muerte en la más completa impunidad del sanguinario ex dictador chileno Augusto Pinochet Ugarte el 10 de Diciembre. Pinochet falleció rodeado de su familia y sus cercanos en el Hospital Militar de Santiago de Chile y fue velado con honores militares, mientras la mayoría en Chile y en el ámbito internacional lamento que falleciera en la impunidad a pesar que sus crímenes están abundantemente substanciados. La agudización de la controversia sobre su rol en la historia de Chile, demuestra que a pesar que la historia oficial considera que Pinochet pertenece al pasado, los discursos de los representantes del ejército y de la derecha política, revelan que el deber de memoria está aún pendiente. Ello se explica porque Pinochet y sus secuaces consiguieron imponer la impunidad de sus crímenes, a pesar que los abogados y las organizaciones de derechos humanos consiguieron mantener abiertos los procesos y porque la dictadura de Pinochet consiguió perdurar a través de su modelo neoliberal de sociedad de consumo y de crecimiento económico engendrador de crecientes desigualdades. Una situación compleja.

Es necesario destacar las paradojas y contradicciones que evidencian las reacciones de la última semana y que apuntan a destacar la complejidad del proceso político chileno. Veamos algunos elementos.

La primera paradoja reveladora de esa complejidad es que mientras se homenajeaba a Pinochet en el barrio alto, se apaleaba la manifestación de espontánea alegría por la muerte del dictador en el centro de Santiago.

El nieto de Pinochet lanzaba el consabido argumento justificando el rol de Pinochet como salvador de Chile frente al comunismo, repetido aún por la derecha económica, la derecha política y por el ejército, y se hacía expulsar del ejército por violar la consigna que sólo la jerarquía militar puede expresarse. Por otro lado, el nieto del último comandante en jefe consecuentemente constitucional del ejército, Carlos Prats, escupió el ataúd de Pinochet mostrando el desprecio de la mayoría chilena frente al hecho que el asesino huyera impune de sus crímenes.
Una imagen simbólica que ya ha sido repetida por muchos y que refleja un Chile dividido en lo más profundo y que manifiesta la imposibilidad de reconciliación evidenciando el fracaso de la estrategia de transición de los sucesivos gobiernos de la Concertación de Partidos por la Democracia, porque nada justifica que la justicia chilena haya permitido que nunca Pinochet fuera efectivamente sometido a juicio.

El juicio unánime de la comunidad internacional, a la excepción notable de Margaret Thatcher, fue que Pinochet consiguió terminar sus días en la más completa impunidad, a pesar de que está claro que fingió su enfermedad con la complicidad de Londres, que le permitió regresar a Santiago, donde volvió a fingir su senilidad para obtener la suspensión de sus procesos por la complicidad de la Corte Suprema. Todo ello en aras de una supuesta estabilidad política que hoy aparece bastante pueril frente al juicio innegable de la historia de que la justicia chilena fue incapaz de traducir en justicia el principal responsable de las violaciones de derechos humanos en Chile y que declarara sin ambages que no se movía una hoja en Chile sin que él la moviera. A diferencia de los dictadores argentinos y de dictadores notorios en otras latitudes, Pinochet consiguió efectivamente sustraerse hasta el último minuto a la justicia de los hombres. Ello mientras aún se desconoce el paradero de la casi totalidad de los detenidos desaparecidos y que la casi totalidad de los criminales directos que violaron los derechos humanos gozan de impunidad aunque les molesten las causas que se mantienen abiertas por la ausencia de los cuerpos y por la tenacidad del trabajo infatigable, entre otras, de la Agrupación de familiares de detenidos desaparecidos (AFDD) y de abogados y jueces honestos.

Es indudable que a pesar que Pinochet nunca fue procesado por sus crímenes, existe una condena de la comunidad internacional y de la mayoría del pueblo chileno. Luego que la demanda de extradición del juez Baltasar Garzón en Londres en 1998 le hiciera perder su aureola de intocable, el descubrimiento de su fortuna mal habida, gracias a la justicia estadounidense investigando la fortuna de Ben Laden, le hizo también perder la imagen de probidad que había conseguido mantener a pesar de escándalos anteriores. El que tampoco alcanzara a ser procesado por su evasión fiscal y sus aventuras de vendedor de armas, se añade como una nueva incapacidad de la justicia chilena.

Otros han señalado con Margaret Thatcher que Pinochet fue el artífice del desarrollo económico chileno actual que causaría la envidia de sus vecinos latinoamericanos y que es citado abundantemente como uno de los experimentos neoliberales más exitosos. En esa medida, Pinochet aparecería como un gran estadista a pesar de sus desbordamientos en materia de derechos humanos y pasaría a la historia como el constructor del Chile del siglo XXI. A pesar de que esa dimensión aparece externa a las violaciones de derechos humanos lo cierto es que está íntimamente ligada. Sería imposible imaginar la transformación del proceso político chileno dominado por la izquierda y perspectivas igualitarias en 1973, sin una dictadura que no sólo hizo desaparecer opositores, asesinó, torturó, sino que estableció un sistema institucionalizado de terror que impregnó los diferentes aspectos de la vida social al punto de convencer a los opositores en 1987 que la dictadura no podía ser derrocada y que se debía pactar una transición a medias tintas.

Es evidente que es una decepción que Pinochet haya fallecido gozando de la más completa impunidad, a pesar que su responsabilidad en los crímenes contra los derechos humanos cometidos entre 1973 y 1989 esté abundantemente comprobada.

De ese modo, al menos en Chile, queda en la ambigüedad su paso a la historia porque va a depender si se mantiene la percepción sobre su accionar como dictador violador de los derechos humanos y como ladrón que se enriqueció él y su familia gracias al abuso de poder y mercader de ventas de armas. O bien si esto va ser ponderado por los servicios que rindió a la patria como dicen sus acólitos y que algunos dicen que fue el costo para el desarrollo económico que tiene Chile ahora. Aunque el gobierno de Michelle Bachelet resistió las presiones para rendirle honores de antiguo presidente a Pinochet, porque este nunca fue elegido en el marco constitucional legítimo. Lo cierto es que porque no fue procesado por sus crímenes o por ladrón, a pesar de las pruebas en su contra, que el ejército pudo rendirle homenaje oficial y reavivarse abiertamente el discurso golpista.

Esto es importante porque la muerte de Pinochet deja abiertas las heridas del período más oscuro de la historia chilena, y se trata de un pasado que perdura, que no se ha dejado atrás. Sería un profundo error pensar que la muerte de Pinochet cierra un capítulo sombrío de la historia chilena. Ya se cometió ese error por parte de la coalición gobernante cada vez que declaró terminada la transición, cada vez que intentó cerrar el tema de los derechos humanos con reparaciones espurias, sin verdadera justicia. Cada vez que se sobre valoró las declaraciones de perdón a las víctimas por parte del ejército. Cada vez que se piensa en la reconciliación sin justicia, sin anulación de la ley de amnistía, sin la verdad sobre los detenidos desaparecidos. La muerte de Pinochet en la impunidad por sus crímenes refleja las complejidades y las cuestiones no resueltas del proceso político chileno. No se trata de algo ajeno o de un epifenómeno al proceso político, se trata más bien de una indicación clara de la situación que vive Chile y que no ha enfrentado desde el retorno de un régimen civil el 11 de Marzo de 1990.

Los desafíos de la sociedad chilena

La muerte de Pinochet revela los desafíos del proceso político chileno y actualiza las exigencias para resolverlos, para que pueda Chile liberarse del manto de plomo que le impide enfrentar su futuro como nación.

La primera exigencia es en materia de justicia. 16 años después que el primer presidente de la Concertación declarara que se buscaría hacer justicia en la medida de lo posible, está claro que la deuda de justicia no está saldada.

Aunque el pragmatismo haya sido la consigna principal que ha marcado la alianza política entre la Concertación, de la derecha política y de la elite militar. Una condición para establecer un sistema político que evacua la participación política y permite el funcionamiento de un bloque de derecha y un bloque de centro izquierda que excluye la izquierda rupturista y la transformación del modelo económico. Lo cierto es que la condición necesaria y suficiente de ese pacto político pragmático que ha marcado los últimos 16 años, ha sido la exclusión del tema de los derechos humanos de la agenda pública, forzando el que sea considerado un tema privado de los familiares y sus abogados y no del gobierno que no se ha hecho parte de los procesos. Los sucesivos intentos de reparación para cerrar el capítulo de los derechos humanos desde la perspectiva estatal, con el informe Rettig, y con las diferentes comisiones, han sido insuficientes.

La muerte de Pinochet y las reacciones de los diferentes sectores revelan el carácter eminentemente público y político del tema de los derechos humanos en Chile. La tensión entre el pragmatismo de las elites políticas y las necesidades de resolver el tema de las violaciones de los derechos humanos en la dictadura de Pinochet no desaparecerá. La muerte de Pinochet demuestra que no es un tema privado, la sobrevivencia del discurso militarista, anti-popular y arrogante de las elites pinochetistas impregna la derecha política chilena y su gran éxito es precisamente poder esgrimir aún la derrota de la experiencia de Salvador Allende como un mal necesario de la historia política chilena.

Ciertamente un Pinochet asesino era aceptable en aras de la causa de la derecha golpista. Un Pinochet ladrón es más difícil de aceptar. Con su muerte las lenguas pueden desligarse y ello puede ayudar a concluir los procesos en materia de derechos humanos. El contexto parece más proclive, sin embargo, a fortalecer la polarización, sobre todo si el gobierno mantiene con su actitud pusilánime de no denunciar al dictador. Puede entonces ocurrir lo contrario y la imagen de Pinochet ser usada para fortalecer la derecha, y reconstruir la imagen de Pinochet sin que este ahora pueda cometer sus tradicionales exabruptos a través de declaraciones sobre su falta de remordimientos.

En segundo lugar, el pacto pragmático que ha permitido mantener excluido el tema de los derechos humanos a pesar de su constante resurgimiento en la esfera pública es de que la modernidad está identificada, aún hoy día, con la mundialización neoliberal. Es evidente que el pacto entre la concertación, la derecha política y económica (los gremios) y las fuerzas armadas, está ligado al acuerdo en torno a que la modernidad, elemento muy preciado en las elites chilenas, pasaba y pasa aún para muchos a pesar del contexto latinoamericano actual, por la mundialización neoliberal.

Siendo la dictadura militar de Pinochet la primera en aliarse con los adalides neoliberales de Milton Friedman, los Chicago Boys en 1974. Ulteriormente fue capaz de adaptar la política económica a una visión más pragmática expresada en la llegada de Büchi en 1985, luego del descalabro de los Chicago Boys con la crisis de 1982-1983, que fue seguida de las protestas populares de 1983 a 1986. El reconocimiento de la imposibilidad de derrocar a Pinochet (en 1987), se tradujo en una alianza en torno a las bondades de la mundialización neoliberal, que se estableció entre los gremios, los militares y la derecha política, con la que llegaría a ser la elite política concertacionista.

Es ello, lo que permitió el pacto de transición y la continuidad económica del modelo de la dictadura hasta ahora sin mayores cuestionamientos. En la perspectiva de la Concertación, ella se inscribía en la pendiente progresista de la mundialización neoliberal, en la medida que estaba ligada, entre otras, a las tendencias económicas planteadas por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), en el sentido de combinar los equilibrios macroeconómicos con políticas sociales dirigidas a disminuir la pobreza extrema y establecer políticas sociales de redistribución limitada de ingresos.

Lo cierto es que en el concierto latinoamericano, si la experiencia chileno se nos aparece superficialmente como un modelo exitoso de neoliberalismo radical, la mayoría coincide, luego de 16 años, que no es un modelo sustentable. Él modelo oculta problemas de profunda segmentación social que ya surgieron con agudeza en la última campaña presidencial. Chile es una de las sociedades con mayores desigualdades sociales de América latina de acuerdo a estadísticas de la ONU y del banco Mundial. Se reconoce crecientemente que el modelo de explotación indiscriminada de recursos naturales o de valor agregado moderno, como con las salmoneras, destruye el medio ambiente. Otros ejemplos indican que la apertura indiscriminada a las multinacionales desdibuja el desarrollo nacional además de destruir el medio ambiente como ocurre con el caso ejemplar de Pascua Lama en el Norte de Chile.

El tercer aspecto que es soslayado por la muerte de Pinochet es que vuelve a recordar la urgente necesidad de que la coalición gobernante salga del inmovilismo político cristalizado con el pacto con los militares y el modelo político de democracia de los acuerdos entre los partidos intra-sistema instalado desde marzo de 1990. En lugar de evolucionar, los elementos esenciales de la constitución y del funcionamiento del sistema político se mantienen en lo esencial o son insuficientes favorecer el surgimiento de nuevas alternativas y polos de desarrollo económico más acordes con las necesidades del pueblo chileno y más acordes con las búsquedas de nuevos caminos en el entorno latinoamericano. Esas expresiones tienen dificultades en acceder al discurso público en Chile por el control de los medios de comunicación.

En este marco, la muerte de Pinochet replantea la necesidad también de resolver el tema de las relaciones entre el ejecutivo civil y las fuerzas armadas. Aunque el ejército expulse por insubordinación al nieto de Pinochet, debe recalcarse que el discurso de este no fue diferente del que manifestara la alta jerarquía militar. El nieto de Pinochet fue expulsado más por no respetar que sólo la alta jerarquía militar puede expresarse, antes que porque su discurso justificó nuevamente el golpe de estado para derrocar el marxismo. El fondo del discurso del comandante del ejército, Izurieta, no era diferente en su homenaje a Pinchote.

Es posible que las tendencias centrífugas latentes en la Coalición gobernante lleven a la ruptura de la coalición aunque la atracción del poder aparezca como un poderoso imán entre socialistas y democratacristianos. Lo cierto es que el choque moral para los socialistas en el gobierno, antiguos perseguidos de Pinochet de pasar a la historia como protectores del jefe de los torturadores se ha hecho evidente, cuestionando el pragmatismo de algunos en el enfoque del tema de derechos humanos y el que Chile sea una isla en el concierto latinoamericano.
La muerte de Pinochet puede tener un efecto simbólico importante, en la medida en que efectivamente puede llevar a que actores del proceso político chileno se planteen enfrentar los desafíos reales del siglo XXI. No está claro sin embargo si ello será posible por el temor de los partidos de la coalición gobernante en enfrentar los demonios del complejo proceso político chileno.

La memoria de Pinochet, como la de todos los dictadores se alimenta del lado oscuro de la identidad chilena, de la leyenda de la imposibilidad de un desarrollo armónico en América Latina. Pero su muerte puede efectivamente liberar potencialidades existentes en Chile y restablecer la verdad en materia de violaciones de derechos humanos.

La muerte de Pinochet y la impunidad de que logro beneficiar hasta su muerte dejan latente la definición de su lugar en la historia, es de lo que se aprovechó el ejército para rendirle honores militares. Ello obliga a los chilenos dentro y fuera de Chile a continuar su trabajo de solidaridad con la defensa y promoción de los derechos humanos en Chile, con la denuncia de los limites de la experiencia neoliberal chilena y las presiones mostrando la necesidad de iniciar las transformaciones que permitan enfrentar los desafíos del siglo XXI.

   Marcelo Solervicens                Desea escribir al autor ?
 Marcelo Solervicens es Cientista Político de la Universidad de Montreal y colabora con TuGuíaLatina.com desde su fundación en Febrero 2002. Las opiniones expresadas en este artículo, son de exclusiva responsabilidad del autor