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Temas
del Domingo 15 de Septiembre, 2002
1. EL INICIO DE UNA LARGA CAMPAÑA ELECTORAL DE LA PROVINCIA DE QUEBEC
2. EL ANTIAMERICANISMO, DESPUES DE LA APOTEOSIS DE LA CONMEMORATIVA DEL PRIMER
ANIVERSARIO DE LOS ATENTADOS DE NUEVA YORK Y WASHINGTON
EL INICIO DE UNA LARGA CAMPAÑA ELECTORAL DE LA PROVINCIA DE QUEBEC
En Quebec ya comenzó la campaña electoral. Ella debe concluir con las elecciones para formar un nuevo gobierno en Mayo o a más tardar en Junio del próximo año. El primer ministro Landry lo anunció en la Conferencia Nacional del partido quebequense del domingo pasado. Mario Dumont el lider de la Acción Democrática, que sigue siendo el favorito de las encuestas, y Jean Charest líder del partido liberal que presentó su plan de Gobierno, ya están trabajando para ganarlas. Eso contrasta con la relativa indiferencia del electorado frente a unas elecciones que podrían transformar profundamente el escenario político de esta provincia.
El primer ministro del partido quebequense Bernard Landry en la Conferencia Nacional de su partido reiteró nuevamente que fija el horizonte del 2005 para que el Quebec decida su futuro como Nación independiente. Como se recordará, ya lo había declarado cuando se realizó la Cumbre de las Américas en la ciudad de Quebec el año pasado. Ahora lo fijó como horizonte electoral, para evitar las presiones por elecciones en la opinión pública y para unificar su partido entre independentistas radicales y los que temen la gran derrota que se anuncia. Algunos analistas plantean incluso la desaparición del partido quebequense como ocurriera en algún momento con la Unión Nacional en los años 60.
Landry fijó el horizonte de 1000 días para afirmar la soberanía de Quebec. Lo previo sin embargo, es que los militantes de ese partido sean capaces de convencer a la población de querer hacer un nuevo referendo. La primera gran etapa de ese itinerario son las próximas elecciones, que deben efectuarse dentro de 300 días. Efectivamente, según las reglas de funcionamiento del sistema político quebequense, basado en el modelo parlamentarista británico, el primer ministro puede llamar a elecciones generales cuando lo desee pero su mandato no puede exceder cinco años desde la última elección, lo que se completa en agosto de 2003.
Landry obtuvo la unanimidad tras su proyecto en el partido quebequense, y no hubo guerra entre los soberanistas radicales y los partidarios revisionistas. Sin embargo, falta lo esencial. No se sabe qué es lo nuevo que plantea el partido quebequense para el próximo periodo de gobierno. Aunque Landry mantuvo a su partido, como lo que el considera una opción socialdemócrata, no ha propuesto grandes proyectos que podrían galvanizar la opinión pública y contrarrestar el ambiente favorable al cambio que sugieren las encuestas y que hace difícil una tercera elección de un gobierno pequista.
En ese marco puede decirse que Landry resistió a la regla de oro de la política en estos países de organizar su programa en función de las encuestas, robándole las medidas más populares al partido más favorecido. Es lo que hace sin embargo, el partido liberal, que luego de haber hecho un giro progresista, luego de la sorpresiva elección de una candidata proveniente del medio comunitario en la circunscripción de Mercier, ahora gira a la derecha para asemejarse a los planteamientos de Mario Dumont.
Está claro que el debate de las elecciones que comienzan no está marcado por el signo de la continuidad. Luego de las declaraciones del ministro Joseph Facal que propone que el Partido quebequense gire a la derecha del tablero político para disputar el programa de la Alianza Democrática, el primer ministro Landry ha abierto el camino a la evaluación y cambio del llamado modelo quebequense surgido de la revolución tranquila y en el cual el Estado juega un rol fundamental como actor económico y no solo como quién debe establecer las reglas del juego, como ocurre en la concepción neoliberal, adoptada por los adequistas y los liberales. Una tendencia que se enseñoreó de Canadá, de Alberta con Ralph Klein, en Ontario con Mike Harris, en las Marítimas, y que ahora se ha impuesto en Columbia Británica con el nuevo gobierno liberal de esa provincia.
El debate sobre el cambio del modelo quebequense podría ser el tema principal de la larga campaña electoral que se inicia. Evitando que esta se mantenga a nivel del estilo y la imagen de los líderes de los partidos. Ello podría propiciar un debate en torno a las ideas y de los proyectos. Ello podría hacer que los pequistas le dieran un contenido a su propuesta nacionalista, más allá de un nacionalismo lingüístico defensivo. Ello puede servir para el desarrollo del nuevo partido progresista la Unión de Fuerzas Progresistas que puede comenzar su trabajo de establecimiento de alternativas que permitan asumir el relevo de la socialdemocracia en el escenario político quebequense.
Lo cierto es que Mario Dumont, el joven líder de la Acción Democrática, ha sido adoptado por los grandes medios de comunicación federalistas o de nacionalismo moderado y es cada vez más la alternativa de las asociaciones de empresarios que se han volcado en su ayuda para que las intenciones de voto que revelan las encuestas se transformen en votos. El programa de la ADQ es vago, sus raíces son dobles: la nacionalista moderada y la revolución del sentido común de Mike Harris.
Desde el punto de vista del debate nacional surge del ala nacionalista de la juventud del partido liberal que descontenta con la actitud del ex líder liberal Robert Bourassa, decidieron esgrimir el llamado Rapport Allaire que buscaba que Quebec obtuviera nuevos campos de competencia exclusivos para el mejor funcionamiento de la Confederación Canadiense. Como se recordará, Mario Dumont apoyó la pregunta sometida en el referendo de 1995 sobre la soberanía de Quebec. Ello hace que sea la alternativa natural del cerca de 85% del electorado francófono del cual un porcentaje importante defiende la afirmación nacional de Quebec. Sobre todo cuando el partido liberal ha abandonado su electorado francófono tradicional y aparece cada vez más como el partido de los anglófonos y basado principalmente en Montreal.
La segunda fuente, está ligada a seguir la tendencia neoliberal que se aprecia en América del Norte. En esa medida la plataforma de la Acción Democrática se asemeja más a la Alianza Democrática canadiense de Steven Harper heredero de Stockwell Day. Vale decir que plantea sistemáticamente la reducción del aparato estatal y que el sector privado pase a ser el motor de la economía. En esa medida, la característica principal de la popularidad de Mario Dumont no es tanto producto de que sus ideas hayan podido ganar adeptos porque este las haya defendido, sino porque en el complejo tablero de la política provincial quebequense donde el nacionalismo juega un rol importante, Mario Dumont aparece como una posibilidad fácil.
En ese marco, aunque el partido quebequense aparece como el mayor perdedor al comienzo de la campaña electoral, se da la paradoja de que son los liberales lo que aparecen como los grandes perdedores.
El programa de gobierno anunciado por Jean Charest esta semana, plantea como ejes de desarrollo de la provincia la salud y la educación. Todos los otros sectores deben ser congelados y deben reducirse los impuestos entre otras medidas aledañas. Lo cierto es que el proyecto liberal, refleja la adopción de medidas propuestas neoliberales que se asemejan a la ADQ, como es la privatización del sistema de salud.
Todo indica que los próximos días serán muy movidos, porque los pequistas desean sobrevivir. Los liberales, y sobre todo Jean Charest, no pueden permitirse perder nuevamente las elecciones y los adequistas se encuentran frente a la posibilidad de concretizar las simpatías en votos. Para el movimiento comunitario y para los incipientes partidos progresistas, se plantea la posibilidad de imponer algunos temas en el debate. Ello puede traducirse en la viabilidad de un proyecto progresista en Quebec.
EL ANTIAMERICANISMO, DESPUES DE LA APOTEOSIS DE LA CONMEMORATIVA DEL PRIMER ANIVERSARIO DE LOS ATENTADOS DE NUEVA YORK Y WASHINGTON
El mundo acaba de vivir la apoteosis de las ceremonias de conmemoración de los atentados suicidas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington que han ocultado las víctimas del terrorismo de Estado como en el caso del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile.
Han ocultado también las graves consecuencias a nivel mundial de la reacción de Washington a esos atentados, que se tradujeron en miles de muertos en Afganistán donde no se han respetado las reglas de la guerra como lo denuncia el periódico francés Le Monde, ya que se busca la exterminación de los adversarios. Washington realiza cara a cara frente al mundo la violación de la Convención de Ginebra como lo que ocurre en en el Campo de concentración de Guantánamo
Han ocultado también las graves consecuencias sobre las libertades civiles en Estados Unidos que se consideraba como la tierra de todas las libertades. Consecuencias también a nivel mundial porque los países satélites, como Canadá, han dictado leyes que reducen las libertades civiles y los derechos fundamentales.
Han ocultado tambión que la guerra mundial contra el terrorismo no es otra cosa que una construcción propagandística cuyas razones estan aún por demostrar, ya que si existía una red mundial de Al Qaeda esta no se ha manifestado desde entonces.
Han ocultado también que pese a la ocupación de Afganistán todavía no se ha capturado a Ben Laden o al Mullah Omar, porque a Washington le conviene que sigan en vida para mantener su campaña que tiene objetivos de dominación mundial antes que objetivos de justicia. No en balde al alero de la guerra contra el terrorismo, se han impuesto políticas guerreras en los aliados estadounidenses, como es el caso de las fuerzas ocupantes israelitas en Palestina, Como es el caso del combate de los rusos contre el separatismo Chetchen, Como es el caso de la agudizaciÛn de la guerra en Colombia, por no mencionar los casos más evidentes.
El recogimiento de las familias de las víctimas contrasta con el discurso guerrero del presidente estadounidense de lanzar ahora la campaña contra Irak pese a que no existe ningún lazo con su llamada guerra contra el terrorismo. En ese marco, no es sorprendente el alza del llamado antiamericanismo porque un sólo país desea imponer a todo el mundo sus valores y sus intereses como si este fuera la extensión de su frontera natural.
La transformación de la conmemoración de las víctimas de los atentados del 11 de septiembre en plataforma para lanzar un ultimátum a las Naciones Unidas para que estas apoyen la guerra contra Irak constituye una burla del derecho internacional.
En primer lugar porque Washington no ha podido establecer un nexo entre los atentados suicidas y el gobierno de Irak. Se trata más bien del viejo expediente del padre del actual presidente de Estados Unidos que desea derrocar a Saddam Hussein.
En segundo lugar, porque lo que buscan los Estados Unidos no es realmente que se evite que Saddam Hussein construya armas nucleares o de destrucción masiva, se busca más bien asegurar el acceso al petróleo de ese país. La historia muestra que la única nación del mundo que ha utilizado la bomba nuclear contra sus semejantes fueron los Estados Unidos en Hiroshima y Nagasaki. Lo que propugna Washington es que su política este por encima del derecho internacional y que no existan límites al uso de su potencia. Es lo que ocurre por ejemplo con la exigencia de Washington de que sus soldados, generales y políticos obtengan amnistía previa frente a la Corte Criminal Internacional Permanente. Varios países ya han aceptado otorgar esta impunidad que transforma a los Estados Unidos en la única nación por encima de los crímenes contra la humanidad.
En tercer lugar, Washington busca transformar una organización internacional multilateral como las Naciones Unidas en el instrumento de su política extranjera e instrumento del establecimiento de su dominación a nivel mundial. Es evidente que en ausencia de lazos con la guerra mundial contra el terrorismo, la agresión contra Irak, debe probarse en el marco de las relaciones entre estados que se supone que son iguales en el marco internacional.
Ello, independientemente de que el sistema político imperante en ese país no le guste a Washington.
Ello, independientemente que, como en el caso de Noriega, Saddam Hussein haya sido el hombre aliado del pentágono en la región para detener durante diez años en su cruenta guerra contra Irán, el avance del integrismo musulmán hacia el Oriente medio.
Ello, independientemente que el castigo contra la población Irakí dura desde hace más de diez años provocando centenares de miles de muertes de niños, según organizaciones como la UNICEF.
En ese marco, la soberbia de proclamar que la relevancia de la Organización de las Naciones Unidas está ligada a la aceptación de las decisiones de Washington constituye un atentado a la razón.
Ciertamente que en el mundo se ha desarrollado el antiamericanismo. Se produjo toda una polémica en el Canadá inglés por las declaraciones del primer ministro Jean Chrétien, esta semana cuando declaró que en parte los atentados fueron el resultado de la existencia de condiciones de extrema injusticia en el mundo, en el que los occidentales dominan. El problema como lo señala Chomski es la regla de dos pesos dos medidas planteados por la administración estadounidense. Mientras se persigue Saddam Hussein se tolera el terrorismo de Estado de los Israelíes y los propios Estados Unidos violan los derechos de los detenidos en Guantánamo y en el propio territorio de Estados Unidos como lo ve con preocupación el propio New York Times del jueves. Un adolescente canadiense de quince años detenido en la zona de combates ha sido tratado como adulto lo que va contra las reglas de la convención de Ginebra.
El movimiento de simpatía a las víctimas de los atentados suicidas de New York y Washington y la necesidad de justicia, han sido transformadas en una política revanchista militarista propia de un escenario de film de serie B. En esa medida sufrimos una campaña de manipulación para obtener el consenso basado en preceptos emocionales. Lo cierto es que bajo las declaraciones y el maniqueísmo que anima el combate contra el llamado eje del mal, nos encontramos frente a una situación en la que se imponen objetivos geoestratégicos de gran potencia para asegurar la presencia de Estados Unidos a nivel mundial.
En primer lugar, desde el punto de vista militar, se trata de poder probar las armas que resultan del aumento impresionante de los presupuestos militares decididos por Washington. Se habla que la guerra en Irak podría permitir utilizar las bombas electromagnéticas, la última creación de los laboratorios del complejo militar industrial. Se trata también de asegurar la presencia de bases militares de Estados Unidos en todas las regiones del mundo para poder asegurar un desplazamiento rápido en caso de conflicto. El pentágono ha adoptado la estrategia de las fuerzas de intervención rápida en conflictos de naturaleza interna. Se trata también de fortalecer las alianzas militares regionales bajo control del pentágono.
Desde el punto de vista político se trata de mostrar y consolidar que Washington es el gendarme mundial y que controla todos los foros internacionales no teniendo límites a su poder político en el marco de una visión unilateral de la política internacional imponiendo su voluntad en foros multilaterales. Se trata de mostrar la ausencia de límites a la potencia estadounidense.
Desde el punto de visto económico, y como extensión de la política interna, Washington trata de asegurar un ambiente propicio para el desarrollo y la expansión de las empresas transnacionales estadounidense. Muchas de ellas cuentan con cifras de negocios superiores a varios países del mundo siendo por lo tanto actores fundamentales del sistema económico mundial. El encono contra Irak, no obedece solamente a criterios morales o políticos, tiene un componente económico fundamental.
Desde el punto de vista social, se trata de controlar el movimiento llamado contra la mundialización asegurando el control de las llamadas clases peligrosas mediante la imposición de restricciones a las libertades civiles y declarando un gesto de lesa majestad la critica de la mundialización neoliberal dominada por las empresas multinacionales. La amalgama entre terrorismo y crítica social no es inocente.
Finalmente, a nivel cultural, en lo que Huntington llamaba la guerra de civilizaciones se trata de ejemplificar mediante la caracterización del otro, del no occidental, el reforzamiento de los conceptos de modernidad asociados a la macdonalización del mundo y las formas de vida al estilo estadounidense como las únicas valederas moralmente.
En ese marco, no casual, el aumento del llamado antiamericanismo, es una reacción de temor, de defensa frente a la imposición planetaria de una visión por la potencia hegemónica del planeta.
Las perspectivas de la situación posterior a las conmemoraciones del 11 de septiembre son de profundización de estas contradicciones. Aunque ello permite una crítica fácil. La facilidad nunca ha sido buena consejera en política. Se trata del levantamiento de alternativas desde el punto de vista del respeto al multilateralismo, de terminar con el terrorismo de estado, de mejorar las condiciones sociales y económicas en el mundo y de respeto de la diferencia. Una situación que debe seguirse de cerca.
Marcelo Solervicens
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